¿El libro o la película?

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Era el primer polvo en un mes, el primero después de la catástrofe. Me sentía sola, desesperadamente sola, hambrienta de cariño, ávida de mimos y caricias, con el ansia voraz y animal de una piraña. ¿Suena tan raro? Todos necesitamos abrazos de cuando en cuando. No esperaba mucho, es cierto, pero no estaba preparada para una decepción semejante.

En primer lugar, lo tenía minúsculo. ¿Que qué entiendo por minúsculo? No sé… ¿Doce centímetros? Una cosa mínima, en cualquier caso. Era una presencia tan ridícula -su aparato, quiero decir-, que estuve a punto de proponerle que me tomara por detrás, sabiendo que no me dolería. ¿Cómo iba a dolerme algo tan pequeño? Pero, por supuesto, no es cuestión de proponerle algo parecido a un individuo al que acabas de conocer en un bar. Total, que lo hicimos de la forma tradicional, enroscados y babosos como anguilas. Nuestras pelvis entrechocaban una y otra vez y yo le sentía jadeando sobre mí, esforzado escalador, inútilmente empeñado en llegar a mi cima; pero aquel micromiembro se restregaba patéticamente en mi entrepierna, resbalando una y otra vez entre mis labios, y cada nuevo empujón no era sino otro intento vano por introducirse en una sima cuya hondura -de dimensión y de apetito- le superaba.

Y encima el tío no acababa nunca. Yo gemía y me hacía la entusiasmada con la vana esperanza de que él se corriera por empatía, de que mi excitación fingida activase la suya real, pero de qué. Se tiró horas, o lo que a mí me parecieron horas, magreándome y babeándome, esmaltándome a capas de besos torpes y saliva, arañándome la cara con su barba de tres días, áspera como una lija del siete y yo, mientras tanto, pensando en que tenía que dormir, que debía dormir seis o siete horas, aunque sólo fuera por una noche, porque llevaba una semana a un ritmo de cuatro horas diarias de sueño. Cambié de posturas y probé todos mis trucos; pero ni por ésas, no acababa. Así que al final ya no me quedó más remedio que preguntarle si pasaba algo, y me dijo que no, que le gustaba más hacerlo durar que correrse. Y no sé si aquello sería verdad o habría otra explicación más realista que no se sentía capaz de darme, que yo no le gustaba lo suficiente, por ejemplo, o que había pasado la tarde matándose a pajas en el baño, no sé. Y no creáis que soy una zorra insensible; hice grandes esfuerzos por mostrarme encantadora y no dar a entender que aquello había sido un fracaso calamitoso, un caso flagrante de incompatibilidad física y química, una de las peores experiencias de mis veinticuatro años. Eso sin contar el remordimiento y el miedo que supone cualquier encuentro casual en estos tiempos de sida.

Cuando se despidió, yo casi podía oler lo que él sentía. Que no habría una próxima vez. Y, lo que es por mí, completamente de acuerdo. Quizá me lo encontraré de nuevo en la barra del bar. Si no puede evitarme, si no encuentra a otra camarera libre que pueda servirle una copa, me la pedirá a mí con aire distraído, fingiendo no recordar lo que pasó. No me importa. 0 quizá sí. Muy en el fondo de una subsiste un poso de orgullo que hace que, quieras o no, siempre te duela un poco el saber que no has estado a la altura, que no has gustado lo suficiente, y quizá esa mañana me doliera esa certeza. Pero luego sólo tuve que recordar algunas veces que el otro se quedó prendado y yo no, y en lo terriblemente mal que me sentía teniendo que aguantar los asedios y las malas caras subsiguientes. ¡Aquel complejo de culpabilidad, aquella vergüenza ajena … ¡ Y casi me pareció que era lo mejor que me había podido pasar: que a él tampoco le hubiera gustado el resultado de nuestra infructuosa batalla, y eso por mucho que mi ego sea tan hambriento como para exigir siempre una satisfacción del contrario, aunque no exista la propia.

El portazo de la puerta de mi apartamento retumbó dentro de mí amplificado por mil ecos. Intentando ahogar aquel estrépito, enterré la cabeza en la almohada y los sollozos me brotaron del pecho incontenibles y atropellados. La funda se empapó en cuestión de segundos, me nubló la vista de inmensidad blanca, y sólo podía ver la imagen congelada de Iain, siempre Iain, que ha quedado impresa en negativo en mi retina. La imagen grabada a hierro candente que un mes atiborrado de éxtasis no ha conseguido borrar.

(Lucía Etxebarria, Amor, curiosidad, prozac y dudas)

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9 Comentarios Agrega el tuyo

  1. EL LIBROOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
    por favor!! La pelicula es horrenda y no hay por donde cojerla!
    El libro es una verdadera obra de arte que me hizo devorar la bibliografia de Etxebarria de cabo a rabo en un año!!

  2. por cierto las mejores escenas son:
    la del autobus y cuando la hermana adicta a los babritúricos va acomprar al super to drogada (que por cierto, no sale en la peli)

  3. Yo de Etxebarría ni el libro…

  4. Parce dice:

    JAJAJA Vaya Pedro!! La esperanza es lo último que se pierde!! Siempre me llamó la atención lo poco que gustó esta chica en la academia española de siempre pero bueno… La película no la vi por lo que me quedo con el libro, que, por cierto, me parece un excelente primer libro. ¿Habría corrido la misma suerte si no hubiera vendido ese chorro de libros?

  5. Merce dice:

    El libro, sin duda.

  6. Jordi dice:

    El libro, fue terrible el resultado del film y pasa a menudo.
    La única pelicula que supera al libro bajo mi punto de vista és Las Horas.

  7. viclala dice:

    q fort llegir això… estic impactada… jo no la coneixia com a escriptora, només com a columnista d la revista dl dominical d la vanguardia… pq allò q fa ara no és literatura… tot lo dia parlant d sa filla, dl seu asma, etc. q pesada! però aquest text m’ha agradat. i tb el nou format dl bloc!!!!

  8. Parce dice:

    Esta es la época de Lucía que más mola. Por cierto, Vicky te tengo que comentar algo que involucra a Lucía, ACPyD y servidor… pero lo haré en privado!!

  9. viclala dice:

    cuenta, cuenta!

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