No me gusta

Uno de los grandes misterios de la humanidad junto con las caras de Bélmez, las pirámides de Egipto y la caída de la Unión Soviética es que Facebook no tenga botón de “No me gusta” -cualquiera pensaría que están en una onda positivista rollo Alejandro Jodorowsky. Y es que últimamente lo he necesitado más que nunca tras leer una tras otra las noticias sobre los recortes en educación, sanidad y gasto social, las subidas de impuestos y la desfachatez generalizada de los servidores públicos de uno y otro partido -de aquí en adelante llamados “mamadores de la teta pública”;  eso sí, con inusitada frecuencia, por decreto ley. ¡Viva la democracia!

Todo esto, supuestamente, es para superar el déficit del Estado y las Comunidades Autónomas provocado por años de desenfreno y corruptelas varias. ¿De quién? Pues, obviamente, según nuestros sabios políticos (“sabios tiene la Santa Madre Iglesia”) la culpa es de los maestros, los médicos, los autónomos, los asalariados, los fontaneros, las verduleras, etc. que, como todos saben, inflaron los precios de los bienes inmuebles, facilitaron el crédito, abrieron las fronteras a mano de obra extranjera, rescataron bancos, se indignaron y los desindignaron, y prometieron no subir los impuestos para luego subírselos. ¿Fue algo así, no?

Bueno, pues no me gusta, no. No me gusta nada. ¿Los políticos y banqueros se reirán de nosotros cuando no los vemos? Fijo que sí. El último recorte a nuestros compañeros docentes en la Comunidad Valenciana finiquita de facto la enseñanza pública. ¿Cuándo y de dónde vendrá el próximo?

Y no me gusta más que nada porque, más allá de las evidencias de choriceo, mamoneo y sinvergüencerías varias aún no ha habido el gran estallido social que debería haber seguido el ahora famoso 15M. Y por ahí es por donde vendrán aún más problemas. Quizás lo que urge en este momento es ir poniendo nombre a la desvergüenza. En fin, paisanos, ¡alborótense antes de que lo prohiban (por decreto ley)!

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