El evangelio según Jesucristo

Aquella noche, cuando todos en la casa estaban durmiendo, menos María, que pensaba  en cómo y dónde estaría a aquella hora su hijo, si a salvo en un caravasar, si a cubierto  de un árbol, si entre las piedras de un berrocal tenebroso, si en poder de los romanos,  que no lo permita el Señor, oyó ella que rechinaba la cancela del camino y el corazón le  dio un salto, Es Jesús que vuelve, pensó, y la alegría la dejó, en el primer momento,  paralizada y confusa, Qué debo hacer, no quería ir a abrirle la puerta así, con modos de  triunfadora, Al fin, ya ves, tanta crudeza contra tu madre y ni una noche has aguantado  fuera, sería una humillación para él, lo más apropiado sería quedarse quieta y callada,  fingir que estaba durmiendo, dejarlo entrar, si él quería acostarse silencioso en la estera  sin decir, Aquí estoy, mañana fingiré asombro ante el regreso del hijo pródigo, que no será  menor la alegría por ser breve la ausencia, la ausencia es también una muerte, la única e  importante diferencia es la esperanza. Pero él tarda tanto en llegar a la puerta, quién sabe  si en los últimos pasos se detuvo y vaciló, este pensamiento no puede María soportarlo,  allí está la grieta de la puerta desde donde podrá mirar sin ser vista, tendrá tiempo de  volver a la estera si el hijo se decide a entrar, estará a tiempo de correr a detenerlo si se  arrepiente y vuelve atrás. De puntillas, descalza, María se aproximó y miró. (José Saramago, El evangelio según Jesucristo)

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