María la Portuguesa

Camino a Piedras Negras, lejos de piratas y bajeles, había un lugar de aguas tranquilas y cálidas llamado Puerto Escondido. Allá, bajo un cielo inundado de blancos y turquesas, el mar la acariciaba, la envolvía, la tranquilizaba, las olas la besaban y el agua se deslizaba por su cuerpo, mimándola, queriéndola. Ella, que bogaba sus tristezas cuando no podía llorarlas, era de Santa María Huatulco, pero apenas había llegado a Puerto Escondido.

Esa mañana se había levantado temprano y aún podía observar allá arriba las constelaciones estivales que su madre le enseñó a identificar de niña. Ese cielo se lo sabía de memoria: Antares, la estrella más brillante de la constelación de Escorpio, cerca de la eclíptica; Polaris, la Estrella del Norte, presidiendo la Osa Menor; y Sirio, la más brillante de todo el cielo nocturno. Lo había estudiado todos los veranos en la nada cotidiana de las noches del pueblo, esas noches eternas cuando se tumbaba en el borde de la balsa de Roque y los confines del mundo eran los de las montañas que rodeaban su valle, el de Chontales. Ese era el firmamento que tanto amaba y que no pudo olvidar en toda su vida. Sin embargo, tan solo le tomó unos años más descubrir que las estrellas son indiferentes a la astronomía.

Francisco Villena

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