El síndrome de Dorian Gray

Cuando Cristina Kirchner anunció que iba a nacionalizar Repsol YPF, yo dije en una tertulia que, en principio, no me fiaba de una presidenta cuya cirugía estética era tan evidente. No me llamen machista: dije exactamente lo mismo de Berlusconi y Sarkozy, ambos operados, aunque en el caso Sarkozy no se note tanto (aún).

Puedo entender que actores, actrices y modelos se operen, dado que su cuerpo es su herramienta de trabajo. Pero de un político espero que me seduzca con sus ideas y su cabeza, y si detecto en él un intento exagerado por parecer más joven, le supongo un ­narcisista.

Creo que todos los lectores conocen la historia de Dorian Gray escrita por Oscar Wilde. Dorian vende su alma al diablo a cambio de no envejecer. Su retrato lo hará por él. El retrato se va convirtiendo en un monstruo que exhibe los estragos de la bebida y las drogas y que adquiere una mueca aterradora: la perversa sonrisa del cruel. La metáfora del retrato nos explica claramente cómo es la personalidad narcisista: gente externamente muy bella, pero en realidad tan fea en el interior como la imagen del retrato escondido en el desván.

El narcisista es alguien obsesionado consigo mismo, con sueños de grandiosidad y liderazgo, y presta muy poca atención a los otros. Él o ella debe ser admirado, reverenciado, bien visible. Por eso tantos narcisistas se sienten atraídos por la política. Por otra parte, no todos aquellos que se hacen una operación de estética son narcisistas, pero casi todos los narcisistas se operan. Como comprenderán, si yo veo a un político operado y cuyos discursos me suenan exageradamente irreales, sospecho. Si ya, como la señora Kirchner, hablan de sí mismos en tercera persona (“Esta presidenta no escuchará…”), me aterro. Porque el referirse a uno mismo como otro más grande es una característica típica del narcisista. Por cierto, Julio César también lo hacía (en La guerra de las Galias), lo que demuestra que los políticos narcisistas no son una especie moderna.

Reflexionemos. El narcisista exagera sus logros y sus capacidades, se obsesiona con el poder, se siente agredido si no le admiran, sobrerreacciona si le critican, es arrogante y soberbio… Vamos, estoy describiendo a la mitad de los presidentes de las comunidades autónomas españolas y a todos esos políticos corruptos que nos indignan.

Desgraciadamente, la propia sociedad en la que vivimos es narcisista, está obsesionada con los méritos externos, con el poder, con la belleza, con el éxito entendido como la acumulación de bienes materiales, y mientras admiremos a los narcisistas y les recompensemos con nuestros votos, o mientras sigamos juzgando a presidentas y mujeres políticas por su aspecto (que si María Teresa se ha operado, que si Soraya ha engordado, que si a Dolores le sienta mal la coleta) favoreceremos que –como sucede hoy– la política no sea “el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible” (la frase es de Cánovas) sino un mero medio para conseguir fines particulares mediante el robo y el expolio generales.

Y es que, como bien dijo T. S. Elliot, “la mayor parte de los problemas del mundo se debe a gente que quiere ser importante”. O sea: a narcisistas.

Lucía Etxebarria

Anuncios