Apología de la diferencia

Que no somos iguales ya lo sabemos; lo que haría falta recordar es que muchas de esas diferencias vienen marcadas desde nuestro ADN: los hay de mayor y menor estatura, con tendencia a un mayor o menor peso, más listos y más tontos, y toda una pléyade de diferencias y singularidades biológicas, sociales y económicas que, con el tiempo, hacen de cada uno de nosotros un ser único y diferente.

Fíjense que entre todas todas estas características innatas no está el odio: el odio se aprende y se enseña, de palabra y con el ejemplo. Y pudiendo vivir en una sociedad extraordinaria, respetuosa y tolerante, muchas veces nos encontramos con el odio como frecuente moneda de cambio. Es una obviedad: vivimos en un mundo con poca querencia a la empatía. Sí, “empatía”, una palabra que viene del griego εμπαθεια, formada εν, “en el interior de”, y πάθoς, “sufrimiento, lo que se sufre”; resumiendo: tener empatía es solidarizarse con la posición del otro, con la sensibilidad, con la mentalidad, con la forma de ser, en definitiva, ponerse en el otro lado para tratar de entender porqué otro se comporta de determinada manera. ¡Y necesitamos empatía para ser humanos y vivir un poco más tranquilos!

Es precisamente el odio a la diferencia el que nos pone una venda moral para censurar, discriminar y herir a nuestro prójimo y por eso mismo aquí queremos celebrar y promover esa diferencia. Recuerden: los niños no odian, los enseñamos a odiar.

Y solo el amor nos hará libres.

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