Lo que me ha enseñado Sálvame

No sé por qué le llaman telebasura al programa más visto de la televisión española. Ya saben, Sálvame, ese programa que nadie admite ver pero que semana tras semana, día tras día se adjudica los mejores resultados de audiencia. En España, como legítimo patio de vecinas que se lleva mal, cualquier programa de chismes funciona. Nos gusta el chisme. Hemos hecho del chisme una forma de arte. En el caso de Sálvame da igual de qué hablen, o de quién, porque, a fin de cuentas y como buen retablo, los protagonistas son ellos, siempre son ellos.

ImagenPor si no lo saben, les cuento que Sálvame es el espacio televisivo que más quejas acumula por no cumplir el Código de Autorregulación de Contenidos Televisivos e Infancia. Los modernos dicen que lo suyo es neorrealismo televisivo. ¿Y por qué a cualquier cambio, tendencia, rediseño, formato le añaden ese prefijo tan feo? Sálvame no es neo nada. Son cuatro horas diarias que ensartan directamente con la tradición de la revista, del retablo, del entremés. ¿En qué se diferencia el vodevil o las varietés del Sálvame? Ya les contesto: en nada. El programa vive del valor artístico de ese chisme que va y viene y en cualquier momento hace saltar la escaleta de contenidos. De haber vivido en nuestros días Quevedo no habría sido poeta satírico sino guionista de Sálvame.

Por hacerles el cuento breve: Jorge Javier Vázquez, el domador saltarín, me enseñó que un licenciado en filología hispánica también puede encontrar trabajo. Paz Padilla, la enfermera mejor pagada del país, me enseñó que el acento andaluz es televisable. Belén Esteban, propietaria de la rinoplastia más amortizada de España, me enseñó que no hace falta ser ex de torero para llevar cuernos ¿vale? Y también que siempre, siempre la mala es la otra. Lydia Lozano, esa mujer de tacones de olímpica altura, me enseñó que una licenciada en periodismo también puede ganarse la vida bailando el chuminero y, según cuentan los mentideros, que un periodista no necesita comprobar sus fuentes antes de dar por buena una noticia. Mila Jiménez (o Ximénez como dice ella), la Santana, me enseñó que a los tartamudos también se les recibirá en la puerta de los cielos. Karmele Marchante, la fémina feminista, me enseñó que hace falta ser muy listo para jugar bien a la superficialidad. Y por no hacerles la lista más larga, Jaime Peñafiel me enseñó que no hace falta matar elefantes para ser republicano.

Se acaban de cumplir los mil programas por estas fechas y no puedo más que felicitarlos a todos ellos. Es sintomático que en estos años de crisis haya sido y sea el formato estrella. Sí, Sálvame me enseñó que la vida es puro carnaval y me recordó que siempre, siempre hay que sonreír.

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