Mi padre, mi madre, Pedro Almodóvar y yo

De la mano de mi madre entré al cine por primera vez. Recuerdo la sala oscura, abarrotada, palpitante: ¡se me salía el corazón de la emoción! Aquel feliz instante de la dicha me llevó a pensar que todo cine es un templo del deseo sin latines ni alzacuellos.

Rondaba los diez años cuando vi Mujeres al borde de un ataque de nervios. Desde el momento en que las luces se apagaron y en la pantalla aparecieron esos títulos de crédito rebosantes de señoritas, ese collage de imágenes sacadas de revistas de los sesenta, supe que ya no había marcha atrás: todo un universo se abría paso ante mis ojos. Esos títulos de crédito de Mujeres me cambiaron la vida. Y de ahí a la evidencia: a mí me criaron mi padre, mi madre y Pedro Almodóvar.

¿Y qué relevancia tiene eso en la España de los seis millones de parados? Pues, miren, mucha porque es de bien nacido ser agradecido y en un país en que el sol sale por Antequera me perdonarán que yo me vaya por los cerros de Úbeda y me invente escenas que Pedro nunca rodó. Tengo que celebrar a quien tanto me hizo soñar. He visto todas sus películas, todas, hasta las que no tienen putas ni travestis ni yonkis.

Cierren los ojos. Imaginen. Sueñen. Sientan. Alaska y su grupo en Pepi, Luci, Bom gritando a coro con el público: “¡Corruptos, chorizos, hampones!” y la Fanny pintándose las uñas en el baño de señoras. Yo seguiría con la perorata: “Lambones, ladrones, bribones, mamadores de la teta pública, sinvergüenzas, sociópatas populistas, de los ladrones de toda la vida, de guante blanco, y además, incultos, iletrados”. Y todos juntos: “¡Así son los políticos de nuestra tierra!”. ¡Ay, la Movida, Berlanga, Bonezzi, las Costus y la libertad de expresión! ¿Dónde se fueron? Fundido en negro.

¿Y qué me parece Los amantes pasajeros? Bueno, pues esa es la única que no he visto y no la he visto porque quiero pagar por verla, pagar lo justo. Al cine no he vuelto: ¡los taquilleros parecen los bandoleros de Sierra Morena! Aunque ellos no tengan culpa de nada, probrecillos. Me da igual lo que diga Paz Aldecoa, la juez de lo Penal número 3 de Santander: ¡yo quiero pagar por verla! Y verla en DVD, ese formato arcaico, en casa y en buena compañía, antes de Alaska y Mario y después de haberme escuchado todo el último disco de David Bowie y el del Chojín. Así, así quiero verla, disfrutando de esos pequeños placeres de la vida, recordando el deseo, la curiosidad y el gozo de ese niño, de esa generación que se educó en el cine y que ahora quisiera vivir en una comedia de Almodóvar aunque solo fuera para aguantar el chaparrón.

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