La guerra de los pobres

Parecería que nuestra aristocracia política se leyó el manualito de las “Estrategias de manipulación mediática” porque lo aplican de cabo a rabo: hasta el punto que reclamar un techo y un poco de pan parezcan proclamas de radicales antisistema.

Y al César lo que es del César: han hecho un trabajo excelente para defender los intereses de su casta porque aún no ha habido una revuelta con rabia, fuego y guillotina, y han conseguido crear la guerra de los pobres, que es la que aquí nos ocupa; sí, han leído bien: “la guerra de los pobres”.

¿Y qué se esconde bajo tan florido nombre? Muy sencillo: la guerra de los pobres es la del parado con el que trabaja, la del que tiene un trabajo precario con el que tiene un buen trabajo; la guerra de los pobres es la del que tiene un buen trabajo con el funcionario y así sucesivamente hasta llegar a la zona fronteriza donde acaba la guerra: la casta política, intocable y privilegiada como desde antaño la nobleza y el clero, que vive entre sobres y algodones, sorbiendo cócteles en el restaurante del Ritz, del Hilton o del Palace.

Vivimos tiempos de impotencia, cambio y alternativa, y no hay nada que interese más a esta casta que la guerra de los pobres: cuando ya ni el fútbol ni la telebasura nos sirven de anestesia, cuando cientos de miles de jóvenes licenciados españoles se han tenido que exiliar, quizás esté más cerca la llegada de un estallido social, la aparición de un líder que dé respuestas o, tal vez, singular expresión, un alzamiento nacional. Ya nos pusieron fecha de caducidad a la enseñanza pública, la sanidad pública y el sistema de pensiones. ¿Qué más habrá que esperar? Y sí… lo llaman democracia.

Terminaremos la perorata con una anécdota: los perros se muerden entre ellos cuando están dentro de un saco y los golpean; solo falta que se puedan salir para que muerdan a la mano que los golpeó. Recuerden: solo los pobres pueden terminar su guerra.

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