De un país donde gobernaban los ladrones

Érase una vez un país donde gobernaban los ladrones. Lo digo así, en pretérito imperfecto, imperfecto como la corrupción en España que aún sigue perfeccionándose: en Barcelona, en Madrid, en Valencia y hasta en León. No se trata solo de los casos de corrupción urbanística, cohecho, prevaricación, etc., que afectan de manera generalizada a los grandes partidos: hablamos de corrupción en los mismos fundamentos del sistema.  

En ese país donde gobernaban los ladrones se había asentado, como en España, la alternancia perpetua de organizaciones políticas aferradas al poder durante décadas (PP, PSOE, PNV, CiU…), sin otras opciones más que aquellas necesarias para conseguir sus propios objetivos, sin permeabilidad de nuevas ideas, sin permitir la participación activa de la ciudadanía, asfixiando toda posibilidad de regeneración democrática.  La ley electoral ha sido blindada a medida de los grandes partidos al penalizar desmesuradamente la representación de las minorías. A diferencia de otros países con una democracia saludable, nuestros parlamentos no reflejan la diversidad ideológica de la sociedad española. Por eso mismo, ni el voto en blanco, ni el voto nulo, ni la abstención ayudan a reflejar esta diversidad.

Imagen Mientras la Ley Electoral no se modifique -y no tiene visos de que así vaya a ser- los votos en blanco sí afectan al resultado final, en perjuicio de los partidos minoritarios. Suman en el total de sufragios sobre el que se calcula la distribución de escaños y, en consecuencia, elevan el listón electoral mínimo para entrar.  En las elecciones generales, un partido necesita el 3% del total de votos para obtener representación. En los comicios locales, este ‘listón’ sube hasta el 5%. Los votos nulos no tienen ninguna consecuencia electoral. No suman. Al final del escrutinio se da fe de cuántos se han producido y ya está. No está claro a quién beneficia o perjudica la abstención, si bien los estudios detectan que suele afectar más al votante de izquierda, que se moviliza menos.

Por eso, amigos del circo, voten, voten lo que quieran en las elecciones europeas del 25 de mayo: no vamos a ir con el “Vótenme a mí, que soy bueno y robo menos que fulano o zutano”. Voten lo que quieran pero, por favor, que no nos pase como a ese país donde gobernaban y aún gobiernan los ladrones: no perpetúen esos círculos de poder y corrupción que tanto daño nos ha hecho ya. Mientras sigamos teniendo una cleptocracia (¡a robar, a robar, que el mundo se va a acabar!) será mejor que #nolesvotes.

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