La ambigüedad calculada

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El discurso público vive de lo que no se dice; y es que parece mejor ser el dueño de tu silencio que el esclavo de tus palabras. Fíjense que algunos han hecho carrera de ello y no una chiquita sino una que ha llegado hasta la Moncloa -y algunos otros que están en ello.  En una semana en la que Birdman se hacía con una pila de candidaturas para los Oscar, Grecia renegociaba su rescate con la troika y ya no se llamará ni “rescate” ni “troika” pero se seguirán refiriendo a lo mismo -es curioso cómo las manifestaciones de la plaza “Sintagma” hayan cristalizado en una mera cuestión semántica. En la misma semana que Gabilondo se hizo candidato a la Comunidad de Madrid, el alcalde de Caracas se desapareció -algunos dicen que lo desaparecieron, el gobierno para más señas. apagon_salvameEn todas esas estábamos cuando llegamos a lo realmente importante: al #apagonsalvame. Y es que Sálvame vuelve a estar en el punto de mira, aunque esta vez no por la CNMC, que en diciembre amenazó al programa por sus contenidos en horario de protección a la infancia. En esta ocasión, son sus propios espectadores los que amenazan con abandonar al programa por su línea editorial en defensa a ultranza de Belén Esteban, en el concurso Gran Hermano VIP. El llamamiento a boicotear el programa surgía el lunes de esta semana, después de que se conociera el comunicado de la directora del programa Carlota Corredera, en la que defendía a la conocida en otra época como «la princesa del pueblo». «No es perfecta, lo sabemos todos» pero «es de las nuestras». «Creo que se la puede cuestionar, creo que se la debe cuestionar. Pero hay una diferencia entre criticar y crucificar», señalaba Corredera. Poca ambigüedad, pensarán. pablo_iglesias_nueva_york_620x350Y es que el rey de la ambigüedad absoluta no andaba por Madrid sino por Nueva York. Ejerció de futuro presidente y fue recibido como toda una ‘rock star’. Pablo Iglesias llegaba al atril del Círculo Español de Nueva York y lo primero que decía era: “Queremos construir una España a la que podáis volver. Buenas noches, Nueva York”. Y, poco a poco, encadenó eslogan tras eslogan, con buena cadencia y mucha anáfora, en una cantinela ascendente que termina en ceño fruncido y aplausos generalizados. No se le preguntó por la educación, la sanidad, la memoria histórica, Cataluña. Sin embargo, al día siguiente, martes, en CUNY sí. ¿Y cuáles fueron sus respuestas? Ningunas. Vaguedades. Ambigüedad calculada. Y es que si Pablo Iglesias hablara claro, si llenara los discursos de contenido, si dijera el qué y el cómo, no tendría ninguna oportunidad de ganar. Podemos y Ciudadanos son la prueba pericial que España no quiere cambiar. Sólo busca recambios. Por cierto, para ser toda una ‘rock star’ Pablo fue más que hosco con sus anfitriones y su público. Tal vez su futuro asesor de imagen debería recordarle que hay que dejarse querer para recibir alegre esos gritos de “Pablo, Pablo”, como antaño fueron los de “Felipe, Felipe” y, aún más atrás, “Franco, Franco”.

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