La ciudad iletrada

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No se lo van a creer: soy español y latinoamericanista. Entre mis devociones están Lola Flores y José Alfredo Jiménez, a la par, España y México, por eso no deja de llamarme la atención la última de la academia universitaria estadounidense: se les antojó celebrar las contribuciones españolas al canon. ¿No se les hace un oxímoron? Lo cierto, en cualquier caso es que tienen que apurarse porque de aquí a poquito no habrá ni departamentos ni academias ni canon; quizás no habrá ni conferencias porque la tecnología terminará con todo este circo –y que conste que a mí el circo me gusta– y lo mismo hasta España se irá con Portugal a la deriva por el ancho océano como imaginó Saramago en La balsa de piedra, haciéndose aún más insular.

¿Pero canon, qué canon? Ustedes, que son aguzados intelectuales, dirán Harold Bloom, John Updike, lo que venía en mi lista de lecturas del bachillerato, de la maestría o del doctorado. Y razón no les falta: eso es lo que tuvieron que estudiar, lo que vale, lo canónico; eso es lo que es, como Jesucristo, lo que no necesita explicación. No les voy a contradecir, pero yo, que tengo alma de periferia, al menos les quiero avisar de que ese cuento se acaba: el libro impreso, las producciones culturales tal como las conocemos, las academias, las conferencias, las listas se van por donde vinieron. ¿Y el jamón, la tortilla de patata, el flamenco, el botellón, los libelos, el Hola, el Qué me dices no les parecen grandes contribuciones españolas al canon? ¿Y mi favorita de todas, las fallas de Valencia? En fin… cuando cunda en serio el libro electrónico esta profesión tan honorable que empezó algo después de Gutenberg hace quinientos años va a quedar más terminada que la de sereno o la de deshollinador. El autor se acaba como luego les contaré; como se acabó Mujica Láinez, el más grande prosista de la lengua española ¿Acaso sí estaba en su lista de lecturas?

Quien sí estaba en mi lista de lectura era Ángel Rama, que como ustedes sabrán, escribió un librito cuyo título utilizo remedado en el título de este artículo. ¿Adivinan cuál? La ciudad letrada, claro: Rama se adentraba en las ciudades latinoamericanas para ahondar en el papel de las culturas urbanas, y en particular, para descubrir el mapa y la mecánica de la escena pública, los lugares e instituciones que organizan la vida cultural, y el diverso papel que han desempeñado sus principales protagonistas, los letrados: o sea, el cambio social estaba relacionado con la letra, la ciudad letrada es la de la cultura, la que describe y prescribe. ¿Y quiénes son los letrados? Muy fácil: desde los primeros escribanos y cronistas de Indias, pasando por la generación de los fundadores de la escuela obligatoria, los déspotas ilustrados, los gramáticos, los modernistas, los claustros universitarios o la generación crítica. Rufino José Cuervo, Bartolomé Mitre, Simón Bolívar, Rubén Darío, lingüistas que hablaban ocho, nueve, diez lenguas, escritores que creaban universos, políticos cultos -corruptos, que robaban- pero cultos y ahora ¿qué me encuentro? La nada, la nada silenciosa, y es tan silenciosa que hasta el adjetivo le sobra, la nada.

Las cosas cambian y en vez de leer periódicos y estudiar libros me dio por seguir a don Vicente Fox por el Twitter y me veo: “Otra gran escritora que fallece, primero Sara Mago y ahora Monse Vais” ¡Ay Dios mío! Ya está el mexicano como Esperanza Aguirre que en la Feria del Libro de Madrid del 98 dijo que era gran seguidora de la pintora Sara Mago. ¡El conocimiento al poder! ¡Precisamente en el año en que le dieron el Nobel a don José! Claro, que tanto el tweet de Vicente Fox como el video de Esperanza Aguirre desaparecieron, quiero decir los desaparecieron, y sus gabinetes de propaganda se aseguraron de negar la noticia. Pero yo lo vi con estos ojos miopes de tanto leer y la oí con estos oídos que tantos letrados e iletrados han oído –y digo “oído” y no “escuchado” porque no hay que exagerar– ¿Para qué gastar pólvora en gallinazos, que suele decir mi amigo Fernando?

Corruptos, manipuladores, mamadores de la teta pública y populistas chorizos, de los chorizos de toda la vida y además, incultos, iletrados. Así son los políticos de nuestros países. Lo primero de lo perdono, lo segundo no puedo. ¡La picaresca al cuadrado! Y todo esto sin que los enseñaran Standard & Poor’s o Moody’s. Además les diré que los chorizos de mi tierra son los peores, los políticos valencianos, porque además de ladrones y no saber hacer la o con un canuto se atreven a broncearse artificialmente hasta crear melanomas y a combinar el rosa fucsia con el azul cobalto: son una aberración, un asalto al canon del buen gusto.

¿Qué modelo de cultura van a prescribir éstos? ¿El del pelotazo? ¿El de las bajadas de internet de todo tipo de materiales: películas, música, libros? Desengáñense, prescribe mucho más qué es el canon cultural un mal político que un crítico literario, una figura mediática que un buen escritor. En España mucha más gente sabe quién es Belén Esteban que Pérez Reverte. En México mucha más gente sabe quién es La india María que Carlos Fuentes. Y lo que es más preocupante, en Venezuela muchos más saben quién es Hugo Chávez que Andrés Bello. Y damas y caballeros, ése es el canon: lo que prescribe la mayoría, lo que la mayoría dice que es relevante y no lo que a un rancio grupo de tintilleros se les antoje decir. “¡Ale, ale, que es gerundio! “, como dijo Yola Berrocal.

¡Pero nuestro canon es de alta cultura no de baja cultura! ¿Cómo puedo decir que vale más Belén Esteban que Pérez Reverte? Eso no lo he dicho yo, lo han pensado ustedes. Pues miren, ni más ni menos, ni menos ni más. Su amigo Pierre Bourdieu, ya les habrá comentado que esos mismos conceptos son mentirosos, engañosos y los han utilizado los que se llaman así mismos cultos para menospreciar las producciones culturales que no pertenecen a su entorno. Fíjense, ya García Lorca, que estaba en su lista, con su Poema del Cante Jondo y su Romancero Gitano estaba aunando las dos, sintetizando distintos ámbitos culturales según alguna gente con mucha sapiencia, y estos textos van rondando los ochenta años. ¡Imagínense todo lo que les lleva de delantera! Bueno, les llevaba porque la Guerra Civil lo canonizó bien rápido.

Pero no se preocupen, sigan leyendo los libros canónicos de la crítica canónica de la literatura en español de eso que llaman canon occidental que finalmente no atino muy bien a saber qué es, como la lista de la compra del súper pero con libros… Y digo “el canon” y tendría que decir “su canon” porque siguiendo al maestro Harold Bloom las aportaciones españolas al canon occidental son: Cervantes. ¡Y ya! Tanto me emocioné que puse el verbo en plural y me equivoque: la única aportación de España al canon es Cervantes. ¡Aleluya Harold Bloom! ¡578 páginas para mandarnos barranca abajo! Y supongo que tendrá mucha razón porque en Yale le abrieron un departamento sólo para él. También vienen Borges y Neruda pero esos no cuentan porque todo el mundo sabe que Hispanoamérica no es España y hablan español pero mal, según se atrevieron a decirme algunos españoles muy canónicos, muy metropolitanos y muy insulares en el conocimiento de la lengua española. Y no puedo darles la razón y, con mi mala follá granaína heredada, les voy a decir que el español latinoamericano es mucho más rico y diverso que el peninsular y que hace muchos años el eje cultural de la lengua española pasó a Latinoamérica y que lo único que esconden mis paisanos con afirmaciones como esa es una profunda ignorancia. ¡Qué mala suerte la del Imperio, hegemónico, metropolitano, canónico que terminó siendo una provincia de su propio idioma! O sea, bien clarito, España es marginal en el mero canon de la cultura en español; no hablemos ya de la cultura occidental.

¡Pero no se espanten que aún hay esperanza porque quienes tienen la sartén por el mango son los editores catalanes! Una especie en extinción, como el lince ibérico, y sí sé si es por lo de editores o por lo de catalanes pero mejor me callo. Pues bien, los editores catalanes, que suelen editar mucho en español y poquito en su idioma son los que hoy mandan en la parada: la pela es la pela y es mejor tener 400 millones a 10. Poco a poco se fueron apoderando del negocio y desbancaron a los madrileños, que son más bien perezosos como ya nos decía Larra. Y así los catalanes se adueñaron la lengua española. El eje de la creación está en Latinoamérica pero hay que pasar por Cataluña para ser leído en el mundo hispano. ¡Qué malo en estos tiempo ser escritor castellano!

Fueron editores catalanes los que a principios del siglo XX editaron y le dieron alas continentales a algunos escritores argentinos y colombianos, creando el concepto de “literatura hispanoamericana”. ¡Si hasta se inventaron el Boom publicando por primera vez en Europa a Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa y Juan Rulfo! ¡Qué casualidad: se llevaron todos los premios de corrido! ¿Pero cómo no los voy a querer si yo mismo soy medio catalán? Visca el Pais dels Pirineus! Tota la catalanitat! Que visquin Mercè Rodoreda, Quim Monzó, Els Pets, Marc Parrot, el Tirant lo Blanch, Pompeu Fabra, Guardiola, Xavi i Piqué, però sobretot el caganer i el pa amb tomàquet. ¡Pero el Tirant lo Blanch es valenciano! ¿Ya pensaron eso? Si es así es porque aún no han caído en que la patria es la lengua y catalán y valenciano tanto monta, monta tanto. ¿Entonces el Amenábar que rueda en inglés qué? A mí el Alejandro Amenábar hollywoodiense no me interesa: vendió su alma a la industria, rodando películas en inglés con actores de Hollywood consagrados que podrían haber sido rodadas por cualquier director de cualquier país. ¿Dónde está la esencia del genio español en este caso? ¿Qué tiene de español Agora o The Others? Lola Flores le da mil vueltas a Amenábar, con su petenera, sus requiebros y sus faralaes.

Fíjense, de todos modos, que la más importante contribución de la cultura hispana al canon occidental, a la democratización de la cultura y a la caída de la ciudad letrada no la hizo Lola Flores, como tampoco la hizo José Alfredo Jiménez, Cervantes o García Márquez, ni Gaudí, Botero, Miró, Fuentes, Rivera, Picasso, Arguedas, Dalí, García Lorca, Benedetti, Asturias, Larra, Moré, Bécquer, Benavente, Cela, Negrete, Montaner, Aceves Mejía, Cernuda, Borges, Puig, ni Ramón ni Cajal y ni siquiera el Grupo Planeta ni el Grupo Santillana; ni siquiera fue alguien del mundo de la cultura. La más magnánima contribución de la cultura hispana al canon occidental la hizo la juez de lo Penal número 3 de Santander, Paz Aldecoa, en una sentencia fechada el 1 de noviembre de 2006 al absolver a un internauta para quien se pedían dos años de cárcel por descargar y compartir música en internet. La juez –o la jueza o la juditriz, como les suene mejor– sentó así jurisprudencia al considerar que esa práctica no es delito, si no existe ánimo de lucro, y que, además, está amparada por el derecho de copia privada. Además añade que la IP de una computadora en ningún caso identifica al supuesto infractor como persona física o jurídica; sentando la base para la libre circulación de productos culturales en el ciberespacio y, a su vez, fijando la imposibilidad de aplicar la tan cacareada Ley Sinde. Ésa es nuestra gran aportación al canon occidental: convertirse en la meca de la libre circulación de películas, libros, música y cualquier tipo de archivos; arañando las aporías del capitalismo y las leyes de protección de derechos de autor, situando la cultura americana al alcance de todos y la española en los listados de los servidores: nunca una película española había tenido tanta ni tan buena distribución. ¿Y los libros? Busque el título y añada la extensión pdf o rar o zip en su búsqueda y ya verá como no tiene que volver a la librería a comprar libros. Además… ¡ocupan tanto espacio! ¡ya una mudanza no volverá a ser lo que era!

Hace seis años me compré un Ipod con mi primer sueldo como profesor en Princeton; un Ipod mini color verde aguacate que pasó de moda casi al poco de habérmelo comprado. Conecté el Ipod virgen a la computadora, y en un abrir y cerrar de ojos llené 6 gigas de música: Manic Street Preachers, Morrissey, Apparat, Sigur Rós, Mötley Crüe, Maná, Els Pets, Fangoria, Reincidentes, Héroes del Silencio, Marc Parrot, Lencho Salazar, … y lo que me importaba más: toda Lola Flores y todo José Alfredo Jiménez. ¿Y cómo sonaba en el aparatito de ocho centímetros que albergaba ya semejante tesoro Lola, mi Lola? De maravilla: “La zarzamora” ya ni llora que llora, sino que grita de emoción; como si estuviera cantando en la sala de mi casa con El Pescaílla a la guitarra. En ese momento entendí que el barrio de Tepito de la Ciudad de México, el Rabal de Barcelona, Lavapiés de Madrid, Chinatown de Nueva York, la calle Petare de Caracas, corazones pequeñitos, rizomáticos, de la piratería planetaria, con todo y su picaresca y sus hermosos idiomas tenían los días contados. Internet iba a acabar con la piratería de discos y películas llevándose de paso a la industria discográfica y cinematográfica. Internet es la piratería de la piratería. ¿No se les hace hermoso? Hace unos días me bajé unos discos inencontrables de Los Sírex que están descatalogadísimos y encontré la serie Villarriba y Villabajo del simpar Luis García Berlanga, que no está descatalogada pero como si lo estuviera por tres motivos: 1) ¿para qué pagar esos precios tan abultados por una colección de DVDs, un formato arcaico? 2) Ni Luis ni Carlos, su hijo, que son los García Berlanga de mi devoción, están vivos para recibir regalías y yo ya rendí mis respetos al panteón familiar situado en Utiel, provincia de Valencia, donde no estaban canonizados como grandes creadores sino como unos señoritos terratenientes. ¡Hay que ver lo que es el populacho! Bueno… que me desvío… y 3) ¡Ocupan tanto espacio!

Quebradas las industrias discográfica y cinematográfica, ¿cuál sigue? Pues la del libro, que creo que es la que más nos interesa aquí. ¿Qué va a ser de él, del libro, de ese invento prodigioso? Pues que se va a morir, como se murió el papiro, nada nuevo: un cambio de formato más. La tinta electrónica y la pantalla sin retroiluminación resolvieron el problema de leer libros en pantalla. ¿Y qué pasará con el libro impreso? Pues que su versión digital lo va a finiquitar: los libros electrónicos, como archivos que son, se pueden manipular: cambiarles el tipo de letra, la interlínea, la caja, la sangría, la tipografía y hasta el texto: su contenido. Por ahí va a empezar el acabose. Ya no habrá edición canónica de ningún texto y si no tenemos ni siquiera una edición canónica, ¿qué será de la cultura? ¿de esa ciudad que escribe, describe y prescribe?

Me cuenta mi hermana, que de esto sabe mucho, que Santillana, por ejemplo, prepara sus libros electrónicos y sus pizarras digitales para que sean modificados pero que hay una matriz inmodificable. Lo que no se ha parado a pensar mi hermana es que por ahí hay gente con mucho tiempo libre, adolescentes que en menos que canta un gallo crackean un Iphone, un Ipod, un Ipad, el código fuente de Windows, de Mac o lo que les echen. Si un sistema operativo es modificable, un archivito que ni tiene un mega es pan comido. ¿Y qué cuesta calumniar en la era digital?

Más que la piratería del libro electrónico que se ve venir y terminará de quebrar la industria tal y como la conocemos hoy, lo que me preocupa es la democratización de la cultura. ¡Sí y no se asusten! Está muy bien que todos tengamos acceso a ella pero al saltarnos el arancel pecuniario asistimos indefectiblemente a una desvalorización -una desompilización si les gusta más la palabra- del producto cultural. Como diría mi abuela Encarnación, “lo que no lo pagas no lo valoras”. Y creo que tenía razón.

En esta coyuntura, ¿qué textos canonizará el canon hispano que a su vez canonizará o no el anglosajonizado canon del mal llamado canon occidental? ¿Se imaginan cuando cualquiera se ponga a modificar textos ajenos y los echen a andar por el mundo? ¿Qué va a ser del autor? ¿Y del editor? Que quede clarito: la edición de bolsillo termina y pasa a ser electrónica y la de tapa dura permanece, como objeto de lujo, unos años más mientras nuestra generación que aún ha vivido los libros impresos termina de pichar, reproducirse y morir.

¡Qué gran futuro para la canonización de la cultura hispana! ¡Se me hace el non-plus ultra! Se me hace bueno sinceramente porque así canonizaré sin los filtros de la industria cultural a mis autores favoritos: Juan Flahn, Ariel Capone, Óscar Esquivias, Jimina Sabadú, Espido Freire, Marina Sanmartín, Laura Freixas y José Ángel Mañas, algunos canonizados y otros por canonizar, pero todos milagrosos y efectivos como San Antonio volteado, y lenguaraces, además, como me demostraron en una serie de entrevistas que hice para mi blog, Circo Iberia, cuya lectura letrada y canonizadora recomiendo encarecidamente.

Y ya que el Nobel de la concordia o el de la paz se me antoja complicado para Fernando Vallejo, procuraré canonizarlo con Las máscaras del muerto, mi libro sobre sus libros que escribí con la compañía de mis mp3 y, por momentos, el silencio porque eso, el silencio es lo único que queda de la ciudad de Ángel Rama, el silencio. La generación de los nativos digitales, la del copy & paste, la de Wikipedia, la de la nada absoluta. Esta generación Facebook lo resuelve todo con un balbuceo infantil (“Me gusta”) y ahí se resumen sus inquietudes culturales, vitales, su raciocinio, su capacidad de análisis. Ellos vivirán en un mundo de consumidores pacíficos pero no en un mundo de sabios. Esta generación no sabe qué es una biblioteca y quizás ya no les vaya a hacer falta.

¿Acaso tienen la más mínima duda? Si la tienen se darán cuenta de esto cuando ustedes o sus colegas docentes preparen con mucho cuidado y cariño su curso de las principales obras de la literatura española o hispanoamericana, las canónicas, en sus universidades y como ensayo final reciban un ensayo de extraño formato pero con un gran trabajo de edición basado en la técnica del copy & paste. ¡Ojo que les cambiarán nombres por adjetivos y verbos por nombres, algunos conectores por aquí y por allá, quizás un párrafo original para tratar de despistar a San Google y ya! ¡Créanme que no les miento!

Todo es un espectáculo, un mero simulacro; la cultura se ha desmaterializado, las bibliotecas no son más que cementerios de libros a la espera de despeñarse a una fosa común. El sujeto que había organizado la producción cultural y su explicación se ha fragmentado, es pura representación de lo que fue. En esta era, es la burbuja digital, producida por los medios, la que forja los imaginarios sociales: y dentro de ésta su cultura y sus cánones. Y volviendo a Foucault, porque siempre hay que volver a Foucault, es finalmente el poder el que legitima un texto basándose en sus intereses, que están muy alejados de la valía cultural de una producción; por eso siempre será más honroso un Nobel a Mario Vargas Llosa que lo hubiera sido a Mario Benedetti. Aporías las hay y las habrá, pero no son más que ilusiones, espejismos de una visión única, estándar, monolítica, de serie, canónica frente a la cual los que venimos de los márgenes, de las afueras de la periferia tenemos que cuestionar y, si podemos, hacer arder cual muñeco en la noche de fallas. Y esto no es una apología de la violencia sino un diagnóstico de nuestro momento. Porque es un gran honor que te hagan un ninot, y no sólo que te indulten, sino arder como han de arder las fallas; así, así quiero ver yo a la ciudad iletrada: ardiendo como ninot en la noche de fallas, crucificado como San Pedro, al revés, ardiendo, yéndose con el fuego y el humo fallero, con el ventarrón de San José.

Francisco Villena

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