«La imprevista certeza»

José Saramago imaginó en La balsa de piedra cómo la Península Ibérica se desgajaba de Europa y marchaba por el ancho océano. La picaresca y el conflicto seguían existiendo en esa isla por la fascinación de los españoles de todas partes en el ejercicio de la fuerza como última expresión de la razón.

Solo así podemos entender la sinergia de los pronunciamientos de Hollande, Merkel y Obama, las declaraciones de Solana en nombre del Grupo Bilderberg, la amenaza de la banca de irse de Cataluña, la advertencia de un corralito por parte del gobernador del Banco de España, juntamente con la absurda batalla de las banderas en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona por las fiestas de la Mercè, la amenaza de Artur Mas de no pagar la deuda catalana y la llamada a dar un corte de mangas a los partidos no independentistas.

Desde que al tercero de la lista del Comité Assessor per a la Transició Nacional, según orden alfabético, se le ocurrió llamar ‘plebiscitarias’ a estas elecciones las encuestas no han dejado de sonreírle a Mas. ¡Hasta el punto que renovará su mandato con el apoyo de la CUP y ERC! El Gobierno de España ha conseguido lo impensable: unir el nacionalismo de cartera con el de bandera. Artur Mas es, sin duda, el político más hábil de su generación.

Y mientras tanto aquí estamos, en este festival de las vanidades, esperando la carroza, la del carnaval o la de la muerte, pues la campaña electoral ha versado únicamente de la arcadia o el apocalipsis que traería la independencia. Tanto unos como otros han prescindido de cualquier programa razonado, de cualquier explicación objetiva de los pros y de los contras de la independencia, de cualquier análisis de la realidad social catalana y las necesidades urgentes en seguridad, transparencia, empleo, sanidad y educación, para hacer una especie de tierra de los sueños donde todo fuera posible.

Solo la vía de la sensatez salvó a la isla que inventó Saramago, y es esta vía la que puede resolver el debate sobre este y otros temas que hay sobre la mesa. Si romper un ejemplar de la Constitución en el Congreso puede suponer una sanción, ¿qué habría de suponer no cumplir su contenido? Aquí Rajoy y Mas sí están de acuerdo pero, para desesperación de todos, no responden más que con una mueca pícara y una onerosa y taimada sonrisa.

The Objective (25.09.2015)

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