España y su rara belleza moral

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No es de extrañar que España haya tardado treinta años en ratificar el Convenio Europeo de Protección Animal. Hay pueblos de una rara belleza moral cuyos festejos prevén el maltrato de un ser vivo como principal reclamo a la par que apelan a la tradición como todo argumento y única justificación.

Según los datos ofrecidos por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, en España se celebraron el pasado año 1.868 festejos taurinos; siendo Castilla-La Mancha, Castilla León, Andalucía, Madrid y Extremadura las comunidades que concentraron el 83,8% de los festejos. La legislación española ampara la celebración de estos eventos taurinos, reconociéndolos como fiestas culturales, y reciben subvenciones desde las administraciones. Según la organización internacional Animal Equality, cada año mueren unos diez mil toros en España durante los festejos populares. Entre estas muertes se incluyen desde becerros de menos de dos años de edad a toros adultos que sufren una muerte agónica y dolorosa.

Resulta que el gigantesco menú de atrocidades que en España se cometen contra los animales hacen de la madre patria el campeón mundial de la barbarie humana contra los animales, seguida muy de cerca por algunos de sus países conquistados y otros asiáticos.

Les resumo algunas de estas prácticas que van desde tirar cabras vivas desde los campanarios de las iglesias, a amarrar a un pato por las patas de orilla a orilla en un río para que un energúmeno lo mate colgándose del pescuezo; también tenemos la cacería, los circos con animales, las corridas de toros, de a pie y de a caballo, con toda su brutalidad representada por la pica, las banderillas y los estoques, con su guarnición y su empuñadura; también tenemos el toro embolado, al que torturan mientras porta unas antorchas de estopa de cáñamo impregnadas de materiales inflamables amarradas en los cuernos que terminan por dejarlo ciego; y también hay otro toro que es bombardeado con dardos para luego ser rematado a tiros; incluso llegamos a la normalidad creada por el hábito de que en España se ahorque a los galgos al terminar la temporada de caza y los caballos mueran en el Rocío por agotamiento. Hay más: el toro júbilo de Merinaceli (Soria), los toros enmaromados, el toro de San Juan de Coria (Cáceres), los patos al agua de Sagunto (Valencia), las corridas de gansos de Carpio del Tajo (Toledo), el apedreamiento de Judas de Robledo de Chavela (Madrid). Hay festejos de todo tipo y en toda la geografía española; desde la Festa dels tres tombs a la Festa de Sant Medir pasando por la pava de Cazalilla.

Pero para que brille la luz tiene que haber un fondo de oscuridad. La oscuridad apenas se la mencioné. La luz es comprobar que el pasado año se detuvo a casi 500 personas por maltrato animal. Hubo 11.729 denuncias relacionadas con el bienestar de los animales como la idoneidad de los alojamientos, la higiene, el transporte inadecuado o la falta de registros documentales y sanitarios, según datos la Dirección General de la Guardia Civil. Más datos para la esperanza han sido las prohibiciones de que el Toro de la Vega muera lanceado, de la amputación de la cola de los perros y del Correbous de Torroella de Montgrí, y las paralizaciones de la matanza de las Cabras de Guadarrama y de las de cabras de Calvià.

La compasión por todos los seres vivos es la prueba más firme y segura de la conducta moral de una sociedad. ¿Se imaginan que de aquí a treinta años no hubiera más corridas de toros?

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